Una perla de YOROKOBU

Escrito el 04.04.11  Iñaki Berazaluce

Animales que saben a pollo  

La mayoría de las aves, bastantes anfibios, unos cuantos mamíferos y casi todos los pollos saben a pollo. ¿A qué se debe?

La naturaleza está llena de incógnitas: ¿por qué unos animales decidieron extinguirse en forma de fósiles y otros en forma de petróleo?, ¿por qué los humanos tenemos la chicha en la pantorrilla si todos los golpes nos los llevamos en la tibia?, ¿por qué la mayoría de los animales comestibles se empeñan en saber a pollo?

No es exageración. El famoso guiso de alligator (caimán) que se degusta en los restaurantes de Nueva Orleans sabe a pollo, lo mismo que las ancas de rana que aún se pueden encontrar en algunos bares del Rastro de Madrid o el asado de canguro que inevitablemente acabarás engullendo si viajas a Australia (y no eres vegetariano, claro).

El investigador Joe Staton, del Museo de Zoología Comparada de Harvard, emprendió en nombre de la Humanidad semejante safari gastronómico por el reino animal y elaboró el esquema que acompaña este artículo. Staton probó él mismo todas las carnes animales posibles o pidió testimonios a quienes habían hecho lo propio con especies inaccesibles (desaparecidos o en peligro de extinción).

La conclusión es que todas las aves saben a pollo, con la excepción de la de avestruz, que sabe a vaca. También sabe a pollo el conejo y, por tanto, el gato e incluso el ratón (aunque el científico no llegó a comprobarlo con sus papilas), la serpiente, la iguana y el tyrannosaurus rex, según aseguran los conservadores del museo de ciencias naturales consultados por Staton.

El siguiente gusto que “eligen” los animales para su carne es el socorrido “sabor vaca”. Saben a vaca las vacas propiamente dichas, los caballos, los ciervos, los búfalos, los citados avestruces y la rata almizclera, un roedor acuático que habita en los acuíferos de Norteamérica. El “sabor cerdo” por su parte es privativo de los cerdos, como es natural, y de la carne humana (los polinesios, tan aficionados a comerse a sus enemigos, llaman a la carne humana “cerdo largo”…, y no es una metáfora).

Si yo fuera creacionista —que no es el caso— concluiría con que un diseñador inteligente ha asignado a la carne de los animales un sabor agradable para el paladar de los humanos: pollo, vaca, cerdo; igual que los polos son de naranja, limón y cola, pero no de pera (aunque inexplicablemente existen yogures con este sabor (y se venden en packs con sabores “normales” porque nadie los compraría independientemente)). La explicación de Staton es evolucionista, como no podía ser de otra forma: “El sabor a pollo es más el resultado de una herencia ancestral común que de una evolución convergente. Muchos animales saben parecido porque evolucionaron de un ancestro cuya carne tenía aquel sabor”.

Hmmm… Aceptamos sepia como ración, pero ¿cómo se explican entonces los sabores prófugos? En tanto tienen un antepasado común más cercano, ¿no deberían los conejos (y los gatos) saber a vaca y las avestruces a pollo?

Insisto, la naturaleza plantea más incógnitas que respuestas, así que tal vez deberíamos dejar la especulación y centrarnos en lo más próximo, por ejemplo, ese Sandwich Club de Pollo que te comiste anoche: ¿es pollo, salamandra o dinosaurio? Bien pensado, ¿acaso importa?

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