Las clases gratuitas de Stanford arrasan

Por Marcus Hurst en Yorokobu

Open or closed, abierto o cerrado. Esa es la cuestión que preocupa a muchas empresas e instituciones en el mundo. Algunos grupos ofrecen su música gratis en la red para que acuda más gente a sus conciertos. Otras compañías juegan con el modelo freemium, que mezcla servicios gratuitos con otros de pago. ¿Qué pasa entonces cuando una de las universidades más prestigiosas del mundo decide ofrecer sus cursos más solicitados en internet?

Según el caso reciente de la universidad de Stanford, los resultados pueden ser extraordinarios. El centro educativo californiano lleva desde agosto impartiendo tres de sus cursos de informática de forma gratuita, según Good.

Desde el comienzo del experimento, más de 3 millones de usuarios han visitado la home del curso, Introduction to Artificial Intelligence, que se imparte por Peter Norvig (director de investigación en Google) y Sebastian Thrun. Las primeras clases han sido seguidas por 160.000 estudiantes.

De ese número, 35.000 personas han realizado los exámenes junto con los 175 estudiantes que pagan para estar en la clase. Para poner ese número en perspectiva, Stanford inscribió un total de 15.666 estudiantes en el curso 2010-11.

Ambos profesores han adaptado las clases a internet con una serie de cápsulas explicativas que se pueden encontrar en YouTube y la web de la iniciativa.

El éxito del experimento ha llevado a la universidad a ofrecer otras 7 materias en internet a partir de enero que incluirá algunas clases sobre el emprendimiento.

En la era de TED, la academia Khan y el modelo abierto de MIT, que lleva más de una década en funcionamiento, la iniciativa no debería sorprender demasiado, pero existen algunas diferencias con sus predecesores. Norvig y Thrun adaptan sus clases al medio digital y las hacen mucho más participativas. Ambos están a disposición de los estudiantes externos un par de horas a la semana para interactuar y responder a sus preguntas.

Sobre las razones por la iniciativa, los profesores que participan en ella lo tienen claro. “Al abrir la educación, damos más oportunidades de trabajo y conocimiento a cualquiera que lo quiera”, explicó Jennifer Widom, responsable del departamento de informática en un artículo de Stanford.

Tampoco hay que olvidar el enorme valor publicitario que ofrece para la universidad, en un mercado cada vez más competitivo. Quién dice que una de las personas que aprendió informática de esta forma no mandará a sus hijos en el futuro a Stanford. O que un día llegue a donar dinero gracias al valor que le ha aportado estos cursos.

Por supuesto hay una cosa que los internautas no reciben a diferencia de los estudiantes que sí han pagado: La titulación, pero si un certificado verificado por la universidad.

El ejemplo de Stanford vuelve a poner sobre la mesa el debate entre abierto y cerrado en la educación. La búsqueda por encontrar el equilibrio entre ambas acaba de empezar

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